lunes, 23 de septiembre de 2024

asedio

Últimamente me siento asediada por los recuerdos. Imágenes que se suceden casi sin relación alguna entre sí, como si se tratara de un video muy largo hecho con recortes muy breves de mi vida, se me vienen a la cabeza cuando menos me lo espero; son recuerdos intrusivos. Aparecen desde abajo de la alfombra de lo consciente y se presentan en momentos en los que no puedo asirlos ni controlarlos, cuando estoy lavando los platos, ordenando alguna biblioteca en la librería o andando en bici. Vienen, revuelven, desencajan y se van. Para cuando puedo atenderlos deciden no presentarse, desaparecer, volatilizarse, aparecen otros en su lugar, unos que siguen otra línea de pensamiento. Sin embargo, no puedo evitar sentirme acechada por esa parte de mi cerebro que me obliga a recordar; es una caja de Pandora de vivencias de mi infancia y mi adolescencia, porque ese recordar involuntario está sesgado por aquello que quiero evitar. Eso que no quiero ver. Eso para lo que no estoy preparada. Eso que no recordaba que recordaba y crea una ramificación nueva de recuerdos. 
Entonces ahí estoy yo, arriba de la bicicleta, pedaleando con el viento de frente, atenta a la calle que estoy por cruzar y

estoy caminando con mi papá por el Unicenter a las 10 de la mañana me escondí en la parte de arriba del ropero de la habitación de mis papás mi abuelo me lleva en el asiento de su bicicleta hasta el lavadero de su casa mi mamá me dice que mi papá se está muriendo mi abuela me abraza mientras lloro porque extraño a mi papá y tengo puesto un camisón rosa que me hace sentir más chica de lo que ya soy mi papá maneja el senda, mi mamá va al lado y tiene un perro muy chiquito a upa y yo no puedo dejar de mirarlo por arriba del respaldo del asiento (mi papá me lleva a una casa a elegir el perrito que nos vamos a llevar a casa y quiero el que tiene la mancha blanca en la nariz) mi abuela le saca las rueditas a la bici mis papás me acompañan mientras miro por la ventana de su pieza cómo meten una pileta en el patio mi mamá nos pinta a las nenas, a Dieguito y a mí con lápices acuarelables caras de payaso y yo supe que era algo importante porque esos lápices estaban guardados en su cajón mi abuelo se estira en su silla para darme un último beso mi papá me dice que me va a cubrir con mi mamá y que no le va a contar que se me cayó la bolsa de polvo para teñir ¿cemento? de color rojo en el piso del patio de casa mi abuela saca del mueble de su casa un vaso de cerveza lleno de monedas de 25 centavos plateadas yo subo corriendo las escaleras a la vuelta del colegio para avisarle a mi papá que llegamos y me acuerdo cuando llego a la planta alta que él ya no está y me pregunto cómo uno se puede olvidar de que alguien tan cercano se murió tengo 18 años y me estoy rateando del colegio para llevar a hacerle una biopsia a los ganglios que le habían sacado a mi mamá en la operación tengo 13 años y mi papá está en una cama en el living diciéndome que me cuide, que no termine como la chica de la tele tengo 15 años y prendo una vela en su nombre y todos lloramos y después me pregunto por qué, si es un cumpleaños, hice eso tengo 17 y me estoy preparando para irme a Bariloche ese mismo año porque termino el colegio tengo 14 años y hay una celebración en mi casa por el aniversario de la muerte de mi papá y estamos todos en el jardín tengo 12 años y estoy compartiendo el momento más íntimo que tuve con mi papá y recién muchos años después voy a entender que esa fue su manera de despedirse

cruzo la calle. Esquivo de casualidad el auto que no vi que venía. Sigo. Llego a mi casa toda transpirada, del ejercicio y del susto. Ni rastro hay de mi línea de recuerdos intrusivos, pero sé que están ahí, observando, esperando que baje nuevamente la guardia.



domingo, 22 de septiembre de 2024

de viejos comienzos

La última sesión que tuve con la psicóloga fue una patada en la cabeza. Destapé esa olla en la que sabía había algo pudriéndose, metí la cuchara y probé lo que había adentro, que era (nada más ni nada menos) el pasado acumulándose y mi máscara de mujer-que-todo-lo-puede desintegrándose. Así que ella me sugirió que empiece a escribir todo eso que me pasa para llevarlo a las sesiones futuras y, de esa manera, poder empezar a sincerarme conmigo y con mi madre (no porque sea artífice de todos esos pesares, pero sí para mostrarle cómo me afectaron varias de las decisiones que ella tomó). Me dijo que escribiera en papel. Lo intenté. Me cuesta. En medio de eso, I. me habló de una actividad que estaba haciendo: tengo que armar un blog. De repente era el año 2010, estaba sentada frente a la computadora y buscaba una imagen para coronar la última entrada que había escrito en iamabeach (con mucho pesar descubrí que mi yo del pasado eliminó ese blog y no hay forma de recuperarlo). Recordé el compromiso que tenía con mi blog, con ese espacio en el que me atrevía a escribir lo que me pasaba y compartirlo con mi círculo más cercano (a través de ese "han osado comentar"), y también, ese placer catártico que experimentaba a los 18 años al darle una bella forma a eso que me dolía. 
Así que acá estoy, a los 32, buscando de nuevo esa sensación, ese compromiso con mi blog y, por ende, conmigo misma.